300: El origen de un imperio, dirigida por Noam Murro y protagonizada por Sullivan Stapleton, Eva Green y Lena Headey, es la ansiada continuación de la historia de los 300 espartanos de Zack Snyder. Su estreno antecede la Pompeya de Paul W. S. Anderson y demuestra que el péplum sigue siendo un género con mucha vida por delante.
Músculos, espadas, mujeres exóticas y un marco más o menos histórico son los ingredientes básicos de un tipo de películas que vieron la luz a principios del siglo XX y no han cesado de reinventarse. Hoy repasamos 25 títulos capitales de un cajón en el que caben películas de romanos, fantasías legendarias, aventuras con forzudos y dramones bíblicos. ¡Esperamos tus comentarios!
Gladiator (2000)
Nadie se acordaba de las pelis de romanos hasta que Máximo Décimo Meridioreventó las taquillas de medio mundo. El film, ganador de 5 Oscars, no solo resucitó el péplum como valor comercial, sino que insufló aire a la por entonces maltrecha carrera de Ridley Scott. Imitada hasta la saciedad, Gladiator es a su vez un cóctel indismulado de referencias que abarcan desde Espartaco hasta La caída del Imperio romano. El tiempo la ha tratado bien y hoy aún se sostiene como un apasionante relato de venganza y honor.
300 (2006)
Pocos ejecutivos de Warner daba un céntimo por la adaptación del cómic homónimo deFrank Miller. Zack Snyder se ajustó al modesto presupuesto asignado (unos 65 millones de dólares) y exprimió al máximo el potencial de la historia de las Termópilas, facturando una de las películas estéticamente más influyentes en lo que llevamos de siglo. Un año de mimada postproducción con las viñetas de Miller como biblia visual redondearon un producto que apelaba a los instintos masculinos (y femeninos) más básicos. ¡Esto es Espartaaaa!
Alejandro Magno (2004)
Oliver Stone, enamorado de la Historia antigua, aprovechó el tirón de Gladiator para sacar adelante su viejo sueño de adaptar la vida de Alejandro Magno, artífice del mayor imperio que ha conocido la civilización. Hay hasta tres montajes alternativos al que vimos en cines, lo que da una idea de las dudas, turbulencias y frustraciones que afectaron al proyecto. Lo mejor: su nivel de producción y un proceso de documentación histórica intachables. Lo peor: el reparto, pues casi ningún intérprete convence en su papel.
Troya (2004)
En plena fiebre del neopéplum, Wolfgang Petersen retrocedió hasta tiempos míticos y legendarios para recrear la guerra de Troya. Con Brad Pitt y Orlando Bloom como reclamos principales, el director de Air Force One trató de encapsular en cada plano el aroma épico de Homero, empeño que se diluye en las servidumbres que requiere un reparto de estrellas en el que cada gallo demanda su parte del gallinero. El montaje del director añade garra narrativa y bastantes dosis de gore a las batallas; merece la pena revisarla. ¡Héctooorrrrrrr! ¡Héctoooorrrrrrrrrr!
Ágora (2009)
Rescatamos la que es hasta el momento la última película de Alejandro Amenábar por varios motivos. Porque la protagonista, Rachel Weisz, es mujer y filósofa, es decir, no el habitual florero con túnicas transparentes. Porque plantea una interesante reflexión sobre el choque entre ciencia y religión. Y porque mira de tú a tú a las grandes superproducciones americanas del género. La realización a menudo está por debajo de la ambición del guion, pero ni de lejos es el horror que muchos críticos vendieron. Y es un film valiente.
Furia de titanes (2010)
Resulta curioso que un producto tan afin a los principios narrativos y estéticos de 300 fuera vilipendiado como un pedazo de basura fílmica. El film de Louis Leterrier, remakedel clásico de Desmond Davis de 1981, es una entretenida aventura que contiene secuencias bastante potentes, como la batalla contra los escorpiones gigantes o el paso de la laguna Estigia. Vale que Sam Worthington no sea el carisma hecho carne, pero ahí están Liam Neeson y el gran Mads Mikkelsen para sostener la función. La secuela, ciertamente, perdía fuelle y se ahogaba en CGI.
Inmortals (2011)
La historia de Teseo le sirvió al bueno de Tarsem Singh para desplegar su portentoso imaginario visual, si bien debidamente ralentizado para dar gusto a la moda post 300. Un hipermusculado Henry Cavill demostraba que su posterior elección como Superman fue un acierto, y Mickey Rourke ponía las gotas de histrionismo y maldad sobresaturada. Lástima que una historia tan sólida y emocionante acabara desdibujándose por la borrachera final de efectos especiales y sentencias de guionista amateur.
Jasón y los argonautas (1963)
Pocas leyendas hay tan memorables como la del viaje de Jasón en busca del vellocino de oro. Una aventura clásica, de una pieza, que contiene todos los elementos presentes en la narrativa popular posterior, ya sea literaria o cinematográfica. La película permanece en el recuerdo por el espectacular trabajo de Ray Harryhausen con los efectos especiales, y en concreto la escena de los esqueletos redivivos. Maestro de toda una generación de magos de la imagen, Harryhausen se fue de este mundo sin un miserable Oscar.
El coloso de Rodas (1961)
Sergio Leone ha pasado a la historia del cine como uno de los máximos exponentes del spaguetti-western, pero pocos saben que empezó su carrera dando una vuelta de tuerca a las películas de túnicas y espadas. A él debemos esa variante tan divertida como kitsch que es el péplum de fantasía. Películas en las que la ambientación histórica es una excusa para desarrollar una aventura cuajada de acción, romance y magia. Tiene su aquél, pero se nota que está hecha con cuatro céntimos y que los protas se suben el cinturón para disimular los michelines.
La batalla de Maratón (1959)
Tal fue el éxito del péplum en el Hollywood dorado que reputados directores comoJacques Tourneur (Retorno al pasado) pusieron su talento al servicio de cafres musculados como Steve Reeves. El gimnasta da vida nada menos que a Filípides, el legendario soldado griego que avisó de la victoria helena sobre las tropas persas de Darío en la batalla de Maratón. Curiosamente, estos mismos hechos son narrados en el prólogo de 300: El origen de un imperio, aunque para conocer con exactitud los hechos lo conveniente es leer un libro de historia.
La caída del imperio romano (1964)
En su exilio europeo, Samuel Bronston puso en marcha una serie de producciones históricas que acabarían convirtiéndose en el canto del cisne de esta clase de cine.Anthony Mann, que salía de dirigir El Cid, recreó con mimo y notables dosis de melancolía la descomposición del Imperio romano en tiempos de Marco Aurelio (Alec Guiness), cuyo legado es objeto de disputa entre su ambicioso hijo Cómodo y un fiel general de las legiones. ¿Os suena, verdad? Es el espejo en el que se mira Gladiator.
Los últimos días de Pompeya (1913)
Viajamos un siglo al pasado para dar cuenta de uno de los primeros péplums de los que se tiene constancia. ¡Y además italiano! No es sorprendente, pues el género nació en el país transalpino y funcionó muy bien hasta que la Primera Guerra Mundial arrasó el continente. El dúo formado por Mario Caserini y Eleuterio Rodolfi adaptaron con fastuosidad de medios la novela homónima de Edward Bulwer-Lytton sobre la caída en desgracia de Pompeya. Estos mismos hechos articulan Pompeya, la nueva locura de Paul W. S. Anderson.
Demetrius y los gladiadores (1954)
Las secuelas no son un fenómeno actual. Ya en los años cincuenta Hollywood ordeñaba sus éxitos en forma de continuaciones a menudo inferiores al material de partida. La túnica sagrada (1953) generó esta hilarante secuela en la que Victor Mature defiende con su vida la legendaria prenda de Cristo. Inverosímil en casi todos los registros, conmueve ver los esfuerzos de Mature por dar el pego como héroe de acción y galán de turno. Dirige un grande, Delmer Daves, autor de La senda tenebrosa y El tren de las 3:10.
Helena de Troya (1956)
Seguimos buscando en el baúl de los recuerdos con esta joyita de Robert Wise (Star Trek) que tuvo la audacia de ceder el protagonismo a una mujer, algo infrecuente en el cine de la época. La italiana Rossana Podestà, mito erótico de curvas en CinemaScope, da vida a la legendaria Helena, la mujer que roba el corazón de Paris y desencadena la guerra de Troya. Stanley Baker es un Aquiles algo torpón y cejijunto que trata de poner orden entre tanto besuqueo y declaración amorosa.
Espartaco (1960)
Nos ponemos en pie para hablar de uno de los mejores péplums de la historia (si no el mejor). El film fue dirigido brillantemente por Stanley Kubrick en segundas nupcias; el primer director fue Anthony Mann, pero Kirk Douglas (productor de la cinta) le mandó a paseo. ¿Razones que avalan su calidad? Porque tiene un guion de hierro, porque sus intérpretes son fabulosos, porque su progresión dramática es envidiable y porque constituye uno de los alegatos a favor de la libertad más contundentes y emotivos jamás filmados.
Julio César (1953)
Joseph L. Mankiewicz, acaso uno de los directores más lúcidos y talentosos de siempre, firmó la que sigue siendo la mejor adaptación de un texto de Shakespeare a la gran pantalla. Marlon Brando interpreta memorablemente al padre del Imperio romano en una cinta que radiografía con audacia los entresijos más infames de la alta política, amén de cuestiones tan espinosamente actuales como la colisión entre deber y ambición, egoísmo y responsabilidad o servicio público e intereses privados. El discurso de César sigue poniendo los pelos de punta.
Cleopatra (1963)
Dos años de rodaje, un presupuesto millonario y jamás recuperado, broncas entre los actores y cambios constantes en la dirección convirtieron Cleopatra en la cinta que firmó el acta de defunción del péplum en Hollywood. Firmada en su mayor parte por Joseph L. Mankiewicz, estamos ante una película-río de tres horas de duración que narra con pasión el triángulo amoroso entre César, Cleopatra y Marco Antonio. Quedan para el recuerdo la presentación de Cleopatra y la escena de su muerte, esta última dialogada con un primor insuperable.
Centurión (2010)
Es probable que Neil Marshall ruede siempre la misma película -unos tipos persiguen a otros, y ya está- pero le sale endemoniadamente bien. En este caso, el director británico aborda uno de los mitos más sugerentes de la invasión romana de Bretaña: la desaparición de una legión que se adentró en las tierras del norte. Sucia, angustiosa y dotada de un ritmo frenético, Centurión es una odisea de supervivencia que muestra la excelencia de un Michael Fassbender que puede con todo.
La legión del águila (2011)
Los mismos hechos de Centurión inspiraron a Kevin MacDonald la realización de esta cinta protagonizada por Chaning Tatum y Jaime Bell. A partir del best-seller homónimo de Rosemary Sutcliff, el director de El último rey de Escocia desarrolla un juego antropológico que reflexiona sobre la responsabilidad de los invasores frente a los invadidos y la consecuente miopía en las relaciones que se establecen entre ambos. Un film infravalorado que además cuenta con el sostén dramático de Donald Sutherland y Mark Strong.
Hércules (1958)
Italia inspiró a Hollywood, y para devolverle el favor, luego Hollywood inspiró a Italia. El país transalpino recuperó el fervor por el péplum cuando, a finales de los años cincuenta,Pietro Francisci convirtió a Steve Reeves en el legendario Hércules. La cinta, basada libremente en los trabajos de Apolonio de Rodas, recrea los Trabajos del héroe, su viaje con los Argonautas y sus amoríos con Iole. Aventura clásica cien por cien que sigue aguantando un visionado los sábados a media tarde y punto de partida del cine de forzudos. Ursus y Maciste son hijos de este Hércules.
Ben-Hur (1959)
La variante bíblica del péplum dio lugar a una obra maestra del calibre de Ben-Hur, ganadora de 11 Oscar y una de las mejores películas de aventuras de siempre. Aventuras, sí, porque la odisea de Charlton Heston es una gozosa montaña rusa de emociones en la que no falta nada: acción, romance, traición, suspense y misterio. Supera ampliamente las tres horas de metraje, pero William Wyler logra que no mires el reloj. Para la historia quedan la carrera de cuádrigas y la banda sonora de un Miklos Rozsa en estado de gracia.
Cabiria (1914)
Giovanni Pastrone tomó prestado un relato de Tito Livio para armar esta megalítica superproducción que causó sensación en todo el mundo hace ahora justamente cien años. ¿Por qué la rescatamos? Porque sorprende, aún hoy, la pericia técnica y narrativa de una cinta que logra por momentos transportarte a una época, quizá soñada, en la que dioses y hombres comparten el mismo plano de la existencia. También porque el diseño de producción haría enrojecer a más de un técnico actual de CGI. Es muda, sí. ¿Y qué?
Quo Vadis (1951)
Ver a Peter Ustinov tañendo el arpa mientras Roma se va al infierno es motivo más que suficiente para acordarnos de esta cinta dirigida por Mervyn LeRoy y Anthony Mann. Se supone que los protagonistas son el muy romano Robert Taylor y la muy cristianaDeborah Kerr, pero el genio de la función es el Nerón que compone Ustinov. Su controlado desfase, su crueldad volcánica y su vena humorística deberían estudiarse en las academias de interpretación. Un malo como dios manda.
Tierra de faraones (1955)
El gran Howard Hawks cedió al embrujo del antiguo Egipto y, en colaboración con el escritor William Faulkner, pergeñó esta fascinante cinta que arroja una mirada tan impetuosa como voraz sobre la ambición humana. Una sensual Joan Collins es la princesa Nellifer, femme fatale que seduce a todo bicho viviente con tal de medrar en la escala social. Su fin está a la altura de sus ansias, pues acaba compartiendo la eternidad faraónica en el interior de una pirámide. ¿Por qué no se escriben ya diálogos así?
Sinuhé, el egipcio (1954)
Michael Curtiz es recordado por Casablanca, y es justo, pero conviene recordar que este señor es uno de los directores más versátiles y talentosos que ha dado la Meca del cine (nació en Budapest pero emigró a EE.UU.). En la olvidada Sinuhé, el egipcio, Curtiz desarrolla su prodigiosa narrativa alrededor de un muchacho de origen humide que se convierte en el médico más reputado de Egipto. El guion está basado en una novela deMika Waltari que guarda no pocos puntos de contacto con El médico de Noah Gordon.






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