Que The Walking Dead
no acabó bien la pasada temporada no es un secreto. Todos nos quedamos
un poco a medias al ver que el esperadísimo final de traca no resultaba
ser más que un par de petardos. Sin embargo, el retorno a las andanzas
de Rick Grimes y su cada vez más numeroso grupo no ha
podido dejar mejor sabor de boca. Las causas: un episodio bien
construido que se toma su tiempo para contar las cosas; una escena de zombies que, una vez más, sorprende por su creatividad; y un final con cliffhanger
incluido que insinúa una nueva amenaza y nos deja con ganas de ir a por
el siguiente. A continuación vamos a analizar un poco más del episodio,
y como en algunos de los personajes que hemos visto en este capítulo,
va a haber destripe. Así que cuidado, porque a partir de ahora entramos
en territorio spoiler.
30 días sin accidentes nos sitúa un tiempo después de que Rick y los suyos decidieran acoger a los habitantes de Woodbury
en la prisión. Desde entonces muchas cosas han cambiado. La elipsis
temporal de la que hace gala este primer episodio nos sitúa en una
sociedad ya hecha, donde un consejo toma las decisiones ejecutivas
mientras el resto de la gente agradece su protección y se presta a todo
tipo de trabajos. Desde cocinar hasta “limpiar la verja” todo el mundo
colabora por el bien común. En este nuevo entorno nos encontramos con
que Daryl se ha convertido en el nuevo héroe, Rick ha pasado a dedicarse más a la agricultura que a la caza y Carol y Michonne hacen gala de su afición por las armas afiladas.
En el primer capítulo de esta cuarta temporada, los creadores de la serie (con Robert Kirkman
a la cabeza) deslizan de manera sutil algunos de los problemas
esenciales que nos van a acompañar durante toda la temporada. Por un
lado, el interés de Carol por enseñar supervivencia a
los más pequeños, aún a riesgo de matar su inocencia. Por el otro, el
desapego emocional cada vez más alarmante de Beth, la más joven de las nietas de Hershel, por las muertes de aquellos que la rodean (va camino de coger el relevo a Andrea
como la “viuda negra” de la serie). Pero si hay dos temas interesantes
que se insinúan en este episodio son los que tienen que ver con Tyreese y la prisión. Por un lado, desde el primer momento empezamos a ver que Tyreese,
uno de los personajes más adorados de los cómics, asumirá el
protagonismo que muchos estaban reclamando. Por otro lado, la cada vez
mayor afluencia de visitantes sin invitación a las verjas de la prisión
nos lleva a intuir que quizá esta sea la última temporada en la que el
grupo se refugie entre los muros del penal.
Junto a estos temas secundarios que poco a poco se irán ampliando, el
capítulo se centra en dos puntos importantes. Por un lado da una
pincelada más sobre el trauma que sufre Rick. Tras decidir finalmente salir a dar un delicioso paseo por el bosque, el sheriff
se topa con una misteriosa desconocida que le pide ayuda. Lo que antes
se habría solucionado con un “largo de aquí” se convierte en un
ejercicio de altruismo que refleja (junto con la escena inicial del
episodio) el cambio de actitud de Rick, un giro al
pacifismo que podría acabar trayendo malas consecuencias. Y claro, como
siempre que alguien se encuentra un desconocido vagando por el bosque en
esta serie, la locura acaba surgiendo. El estado mental de la
desconocida terminará por verse como un reflejo de la locura de Rick, de la que aún parece no estar recuperado del todo.
En todo buen capítulo que se precie no puede faltar una gran escena para los fans de los zombies, y éste no es una excepción. En este caso nos lleva a un campamento militar abandonado, donde Daryl, Michonne (que vuelve dispuesta a dar caza al Gobernador), Tyreese y Glenn
(que sigue con sus miedos e inquietudes habituales), se ven envueltos
en una improvisada e incesante lluvia de hombres…muertos. Un techo con
problemas de humedad y el peso de un helicóptero del ejército pondrán de
su parte para que un montón de caminantes caigan del cielo para
intentar comerse a los exploradores (aunque alguno de ellos acabará por
comerse el suelo). El derroche de casquería (algo incómoda la sangre
virtual) y los planos cada vez más arriesgados y abiertos, nos preparan
para una temporada que podría ser espectacular.
Los productores de The Walking Dead ya saben, por fin,
lo que tienen entre manos. Escenas dramáticas bien construidas y que se
toman su debido tiempo, personajes que cada vez nos hacen que queramos
saber más y de regalo otra escena imaginativa en la que vemos a los
protagonistas más cerca de pasar al otro lado que de seguir vivos. La
escena final del episodio, que promete mucha tensión en los siguientes,
no es más que el aperitivo para una temporada que promete, y mucho. La
semana que viene, más.






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